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martes, 15 de mayo de 2012

Dionisio de la rabia

:: by Kawiko

Y claro que tú eres ese puto de mierda, arrogante, egoísta, deshonesto, colérico y con una verga grande. Por eso yo era tu puto de mierda, desprovisto de mí mismo, atado a tu blasfemia, flemático en tus insultos y adicto de tu fealdad como individuo, todos esos vicios y defectos tuyos que te volvían el peor de los putos de mierda. Pero ya sabías que yo no tenía más razones para existir que querer saciarte en tu agonía, la eterna agonía de tus horrores, aquellas veces cuando me metías la verga por la fuerza, cuando me la dejabas ir y yo me dejaba ir: de eso se trata ser un puto de mierda, yo gritó y tu metes, yo soy el órgano blando que explota y tu la estaca que destruye y se inflama. 

Al final, me di cuenta que yo era solo un fluido de lágrimas en tu verga. Todo el tiempo has estado envuelto en llanto, descompuesto. De eso se trata ser tú: porque nunca tendrás nada sino me tienes a mí, porque eres el deseo más poderoso y el ser más destruido por Dios, entre Judas, Juan o Caín.

Ayer soñé contigo, amor. Soñé que venías por mí como la muerte algún día me hará presa. Y tenías tus rizos enmarañados y tus brazos tatuados y tu cara de chulo, de yonki y de puto. Me entregué a ti como habría hecho cualquier parásito, me aferré a tus testículos mientras tú me arrancabas la cara con tu boca de bestia. Me dolió tanto. Me gustó tanto. Y aunque diga que no soy tu esclavo, que no amo tus besos así, que no amo tu rabia, sé que estoy desprovisto de fuerza y albedrío para elegir. Sólo sabemos que somos como dos perros con ganas, quedamos pegados por las ganas y nos iremos apagando muy lento mientras tu semen extingue nuestra flama, y nos desprendemos en lo más hostil del color negro.

Con lo nefando. Con los ojos bien cerrados y las ganas bien adentro de mí y luego de ti y luego de los otros. Con lo más enfermo de un amor ahogado en el petróleo, el azufre o la sal. Siempre con tu adicción a la K, tu odio a la vida y tu indecible amor por mí, por mí, con todo lo que no tienes y nunca tendrás, por mí.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Raped

22 by SlevinAaron

La violación comienza con la mirada.
Ana Clavel


Sólo escucha
        el palpitar del viento
cómo vas perdiendo los ojos
al parir tus cuencas
con este calor insensato
tantos delirios y pesadillas

Los provoca mi saliva
o el aroma sin olores
que brota de mi piel que suda

Sólo escucha
        a mi ombligo contrayéndose con violencia
mientras vas rasgándome la cara
con tus uñas de rabia
confundidas
amañadas
Escúchame suplicando un poco más
con mis gritos que inflaman a tus gritos
al mismo tiempo que nos fundimos
que somos demasiado
y nada
sólo una laguna de mares
        el estadio de las uniones
forzadas

Sólo tómame solo
        desátame de la existencia
ya no tengo fuerza
para prohibirte que me comas, lobo
rebana en mí
                 también
                       el disgusto y la irá
                            la  vida
el aliento
                             y vete.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Cuervo o las hambres al polvo


Raven by Shapovalov


Hedonista del sacrificio y la tormenta de fuegos. Ilíada de deseos maleducados, señor placentero, rapaz gruñón y atormentado mientras te abrasas por el viento solano. Diez candelas o la diáspora maldita cuando odias ser parte de una parvada irrealizada, todo el tiempo en la búsqueda del diablo, quien es tu padre, y nunca en el obstáculo de la muerte, sino de la vida, porque sujeto del suelo, tus besos partieron como cáscara de viejo, a la tumba perpetua de los insatisfechos innominados. Y no por tu parte te surge el alivio sino las trampas, infausto de tu descendencia al error del manzano juicioso. Tu cara y tu cruz aún siguen rasgándose de vergüenza, expresándose indecentes, son tus pecados por la envidia salada los que se repiten sin descanso, tardíos o atenidos al periodo, te respiran tiranos, luego deseosos te sujetan por el brazo al picacho vicioso donde un dementado Prometeo. Hacia el paraíso gritas dame, y Don Tibio te empala. ¿Por qué dislocas tus tiempos sorbiendo del lodo? Cuando miras los omoplatos de Dios encrespado, eres el candor intrincado de los lobos y las plagas, y te gustas de golfo y servil pervertidor en Gea. Con tu gusto por encontrar pasillos negros y fingir allí la orgía del desvío a los inflamados de la familia, tirano u ocioso siempre consigues el centavo que figura a un río estancado para hacer temblar a Heráclito. No te atas a los gritos azuzados, perro alado, cuervo lampo, ya no sufres por tu propio veneno. Es que de muerto al destete de las pasiones desvalidas, dices, queda ese hoyo que ya no cuesta demasiado, ni se ve tan hondo como la murmuración de tu marca. 

viernes, 9 de diciembre de 2011

Resucitar las bestias

The golden beast by Qarrezel


No se da la muerte
            No se da

Pero el deseo muerto
un estímulo que hiede
a tu sombra
           
            Sombra de piernas quebradizas
            Lamento de ojos abismales
            con los labios que enmudecen y mudan lo entendido         
Los cabellos caen
                                       en
                                           picada
                                                   y
                                                   el tiempo a-sombra

A la orilla

Desentenderte de ti mismo
            De los otros
            De las bestias eres hijo
            ¿Cuánto más aislado de este reino?
                                   Porque obligado a seguir
                                               sin tomar la cicuta

            No se da en vida
                        este dolor incierto
           
No se da
            sino al final del suspiro
            Para la Caína o Dite
                        A tu sombra

                        Tus pies despegados
de los siete caminos
Luego el miedo
de los reparos
las voces
y los otros

Se da la descomposición en la cripta
la metamorfosis en la tierra
            e inicia el viaje
de los que deambulan arriba

            Pero en ti
El mar etéreo
no se da
           
Ni el descanso
            Ni el sueño

Todo el tiempo
desde tu partida
al momento en que has abierto los ojos
En la pérdida y las decadencias
            de ser
                 Reconcebido
Sin las preguntas
¿Ni las respuestas?
                       
La muerte
            La vida nueva
                                   No cedió
                                   a las sombras
Retrocedió al vacío que refleja
                      vacío

¿Qué eres, hijo espectro?
            Bestia
                     Negado al polvo.
                                   Despotricado.
            Bestia.
           
No se da tu muerte
            En el raudal natural
            del humo
            la sangre
            la bala
            el fuego
            el espejo
            las sales
            el grito
                       
En tu cripta
            apartado del deceso
                        Si no eres muerte
                                   El deseo muerto
Bestia


sábado, 19 de noviembre de 2011

Caín: de las averías.

Hands, by Alloronan


Por la garganta me han empujado a comerme un desierto, con sus dolores tenebrosos, el alcatraz oasis malsano una vida ausentada. Por la garganta no me encuentro, y con los ojos significo el a través infinito que cansa y consume, por la probabilidad del deterioro, la raíz plana en las insinuaciones de la estampa. Se acaba el sol por las trampas del signo, no tengo nada.
Luego cosmos en las sobras, mi alimento que se pudre con sobras brutas o el castigo por la muerte inhóspita del buen Abel. La sentencia grisácea de mis ojos cruel grisáceo, aquí me duele la existencia y las recolecciones de letanías y misterios mal estornudados. ¿Por qué un cuerpo deforme y marcado para un mundo de insustancia que no aprenderá de mis culpas nunca nada? Y la grasa asesina como las murmuraciones de vago viaje mundo en la presunción insustancial de las bellezas me juzga: camina. Pero ya no quiero. No quiero.
La forma de mis violaciones por la garganta perdieron ensueño sin los gozos de creerme rey insolente, señor sentencioso, ya desiluminé las tapias de toda mi senda desligada de los otros; cuando caen del cielo tus lampos de mieles eléctricas, ni su roce o la fractura de mis huesos con repujada piel calcinada me invitan a los deleites de un diablo condenado. Contigo el error filial y el resto de difamaciones con que corrompí las sombras a medios días y medías noches son tan grandes y corruptas como para yo aseverarme cansado de ser el detractor de tu reino.
Tan sólo hoy con lamer las heridas abiertas de un Cristo popular, me detuve oportuno en las sendas de la sed y el hambre eternos para decirme que ya no hay abismos en la perfidia y en el pecado, ni en la marca, ni en la marca ni en la falta o la osadía de jugar a la cáscara seca rumbo al triturador de basura.
Pero si éste no es el fin de la caminata inmortal, te grito al cielo ¡déjame, déjame heder en paz!

domingo, 30 de octubre de 2011

De las ansias


Emo boy, by Marcolinu

No levanto a la bestia del sol, ni juego con sus témpanos ojos. Ya no juro a la luna el murmullo de los faunos que transpiré por la axila mágica. Y sé que empuñar la espada entre los miedos del toro me dotan tan sólo de sangre y más ganas. Ahora con mi bravuconería no los veo más que pretextos y la burla de creencias ancianas. Ya me solté, me solté todo como el chorro nuboso garras de puma indomable, y no tengo riendas más que la adolescencia del mundo.
Estoy en la carencia de lianas hecho el trozo desgarrado: y corro como el rey de las barrancas a las que no veré enemigas. Saltaré para incapacitarme a la moralidad de los hombres, y cuando emerja tierno en las muertes esporádicas, no tendré más que alas para volar en los cielos de la uña con carne.
Yo huyo incompleto a la búsqueda de mí mismo, yo salto al abismo en las sombras del paraíso. ¡Cuán poderosa luce la daga! ¡Cuán animosa tu sangre palpita! Búsqueda del templo y locomoción de las cóleras, el arrebato por comer al hermano envuelve cadencia a las horas. Que bramo de perro que torvos mis ojos quebrados de vacío. Hoy ciego, mañana redimo el puño asesino. Que no importen las rimas en el verso de la insustancia, que gobierne en mi espejo el destierro del siervo inaudito. Es que hoy en los efluvios de ladino, inicuas las mañas de un sereno. Estos son los tiempos del hombre, la emulsión del desgaste y las ansias, cuán exorbitantes las ansias que se regurgitan en el desvelo y las vergüenzas que se niegan al surgir la necesidad por apartarse del paraíso, y hacerse de los secretos divinos.  

sábado, 29 de octubre de 2011

Pepe

Boy by Fogke

Recordaré siempre, que estabas a la venta. Esperabas, con las ruinas del circo detrás de tu espalda, aguardabas sentado, contemplando el cielo negro y frío. Te había divisado haría un año en el pasado, no mucho tiempo. Siempre imaginé tus besos, tus caricias y tu aliento. Pero entonces todo pintaba imposible, hasta esta noche cuando descubrí, que estabas a la venta. Y fue así como me comí tus labios carnosos, rojos, ensalivados: pero no los comí con mi boca ni los tenté con mis manos, sencillamente, posé mis ojos en aquella maquina seductora que me sorprendía, porque no era natural, o más bien algo común, el encontrar esa clase de labios en un bazar de golfos. Y sin embargo, los tuyos al menos se dejaban arrancar por esta mirada enferma de soledad, y salvaje por las ráfagas del viento helado. También tus ojos tenían algo de celo, sería tu propia bestialidad, o un dejo de curiosidad por destruir tus escrúpulos, una osadía en la que dejarías libre, totalmente libre a tu cuerpo, y no otra vez le pondrías cadenas. Así entonces viniste a mi casa, Pepe, con aprensión de este mundo nuevo, con la duda y ya la ausencia de ti, pero, cómo puedo aventurarme a deducirte desmundado, quizá viniste entero, realizado. Quizá, con tu cuerpo, con tu espíritu y con tus ganas, viniste, tomaste el dinero, y te entregaste a mi falta, esta que pica tanto, que me empuja al barranco de la carne, y me quita tanta cordura como sentimientos. Pepe, nunca te vi ausente, siempre te vi decidido, no me contradigo: podías, si dejaba el tiempo, cumplir deseos, porque deduzco, tú eras parte del circo en ruinas, una piedra esencial de su holganza, incluso el sudor de sus esclavos. Por eso viniste a mí, pues de alguna forma me pertenecías. Con el dinero en tu bolsillo, te dejaste en mi boca, rígido y sin fallas. Tú cuerpo, por supuesto no era perfecto, no estaba trabajado con un cincel de hierro, pero, me atrevo a decir, tu cuerpo era mármol en bruto que podía pulirse con una lengua y ser definido con las yemas de unos dedos correspondidos. Era más seductora tu carne certera, tus tetillas dormidas, tu vientre inexacto, tus nalgas enhiestas que se presumían deseadas. Con caricias, a veces mordías, a veces gemías, y a veces te empujabas a mí, entregandoteme, presumiendoteme, indicandoteme. Y yo te comía el alma, y tú venías a mi cuerpo y te le rendías, como si supieses que eras mío, como si más bien quisieses enterarme de tu existencia en mi pasado,  por eso me diste más tiempo del acordado, y te insinuaste sobre mi cara convirtiéndome en el solio del David, un suave pasillo que imprimió la sed de mis arrojos. En verdad, en verdad fue bueno recomponer nuestro encuentro y ultimar la partida: cuándo vuelva a hundirme en tus adentros, cuando vuelva a cenarte, cuando vuelvas a ser el invitado secreto, quiero que bajes del cielo, y me desgarres del mundo con el murmullo de tus pasos, con la sonrisa de tu cara de augusto, y la nada efímera voz de tu cuerpo protegido por la verdadera naturaleza de tu belleza de puto.

lunes, 18 de abril de 2011

Morada oscura


I magen: Adam's story  by  Jxkingdoom


Me encarno en tu piel partida al asumir la humedad de mi lengua en la concavidad de tu más oscuro amuleto. Ha valido la pena caer en este abismo adictivo, del que no soy víctima, sino victimario. Al fundirme en la salinidad de tu pecho, no me arrepiento y sigo cayendo hacia lo más inhóspito de tu cuerpo. En la oscuridad sucedemos como dos vahos de aliento que se separan y se unen en intervalos universales, infinitos. Nuestras manos, nuestros años, suceden en los remolinos del infierno transpirado. Este sudor, este colapso bucal. Y nuestros miembros semejan al mercurio: un liquido constante que se une a empujones, que se altera a candores, la alquimia preciada del sabor eterno. Somos un aullido prohibido, que sucede en secreto. Y cuando más me interno en la vacuidad de tu alma partida, más de mí exiges, más exhalas, más me asfixias entre tus dos murallas. Allí me pierdo, abrumado de ti, allí me impongo, allí quiero construirme una vida, drogado de tu aroma, de tu estrepitosa llegada, de tu salina caída. Pero no puedo sino un instante viajar a tu aliento, en los soslayos de una mordida, de un beso tuyo, de una voz cautiva. Entonces despierto, despiertas..., pero nos miramos un último instante antes de deshacernos en el vapor del deseo. En medio de esta oscuridad que hemos hecho dulce, se destensa nuestro pasado, cualquiera de los hechos que nos han traído a este calabozo de fruta prohibida. Me murmuras, te murmuro, cae el cielo. Te contemplo una última vez, recordando mi arrojo al comerme tu carne, al impregnarme en tu axila, al socorrerme en tu boca, al asirme a tu espalda, al morirme y revivir en tu bella muerte en vida... Y cuando ya las tinieblas han vuelto a ser crudas, ya toda la fiebre se ha disipado.


  

martes, 22 de febrero de 2011

Asfixia

15, by Y5Y6

A mi amado Príncipe Eléctrico.

Mi amor por ti es una poesía impura.
Me asfixio en el dolor de tu pasado,
y ya no sé, si algún día acudirás a mí.
O seremos sangre y polvo
o desdicha arraigada.



Siempre recordaré esa mañana nocturna cuando tus ojos se encontraron con los míos.
Aquella mañana una parte de mí se quedó en ti, y de alguna manera, te
entregué mi destino. Pero entonces, no sabía cuán doloroso ya había sido el tuyo...
Me quedo vacío de sólo pensar que sufres sin descanso, y que, en las sendas del diablo,
puede que no haya un futuro para ambos.
Cometí la estupidez de querer una vida a tu lado.
F... Hermoso F.
e.p.d.

lunes, 7 de febrero de 2011

Epítafio del hipócrita

Bleeding Eyes, by Kiss0Of0Death

Al anochecer se desvelan las bestias, trabajan
trepanan los descaros, de ellos se alimentan
Son como demonios, las noches y las bestias
confabulan contra nosotros, los olvidados
nos disponen al insulto, al ultraje y al egoísmo de los bautizados

Las bestias con la luz de luna recrudecen las traiciones
Su luz lastima tanto como el hedor del ermitaño

Cada vez que anochece, yo me guardo de mí mismo
soy una de esas bestias
Me temo tanto que me desconozco
Y he llegado a odiar tanto la complicidad de las noches
que ya no tengo otro refugio que hundirme en el espejo
y gritarle al narcisismo de mis almas
o vaciarme de tanto veneno
Pero me trepano el corazón de la cabeza
me humillo ante la posibilidad del engaño
me expongo en cueros al látigo de Minotauro

Es que aún creyendo en la cura
con estas vagas ilusiones no engaño al cielo
No puedo dejar de ser bestia
ni de tratarme como perro

Al anochecer me brotan las tormentas
con cada uno de mis descompuestos vicios
Mis pies inician un viaje al abismo
Mis ojos disgregan las reglas
El cuerpo que poseo transmuta en espanto
No puedo dejar de arrebatarme a las llamas

Duermevela enferma por mi obra fría
no tengo otra cosa más que estas garras
no veo nada más que a la noche fría
y muero, con las manos frescas, en mi propia guerra
en la supuesta inconciencia
de hacerme daño
o en la más certera de las virtudes defectuosas
que es saber cuánto dolor poseo aquí adentro
y cuánto más puedo ser cabrón, bestia
para dislocarme a mí mismo
con el candor de mi fiereza
o la amargura que me ha doblegado
los días, las noches, las horas, los años
importándome sin importarme
para temerme tanto
como si esa bestia que se guarda en el espejo
fuese más inteligente y poderosa
que mi inocencia, mi extraviada inocencia


jueves, 18 de junio de 2009

Pablo

Foto: Raimbow shower, by Calavera
Pablo ha vuelto abatido esta tarde. Observa el límpido espacio que separa la realidad de la ficción en casa: es catastróficamente pequeño ese espacio. Es diminuto, es bacterial, es celular, el espacio. Su casa, más bien un departamento de nenes bien, siempre ha estado decorado con Picazos y Dalis increpados por la censura. Su departamento siempre ha significado pecado y grosería, egoísmo, apatía: este es mi mundo, solamente mío. Y aún así, a Pablo le ha importado mucho el detalle de tal comportamiento departamental: este espacio es su refugio, su guarida, en él todo o nada puede suceder para bien o para mal, pero no para el castigo de Pablo. Está en casa, una casa diminuta y roída por la falta, la ausencia de compañía, la ausencia de un icono sagrado. Su departamento es todo blanco, sus muebles negros. Los brocados modernos comprados en Italia han sido tocados por el polvo, y en su corrupción, han logrado solamente que Pablo y su guarida se sean más aledaños: el desinterés siempre repercute en melancolía, y ésta ciega al alma, la une a la soledad misma. Su refugio, es primitivo: en él sólo lo esencial permanece. ¿Cómo ha podido ser tan ignorante como para no saberse intimo a casa? Ahora, ya es demasiado tarde. Pablo entiende en silencio que lo diminuto de su casa, es el diminuto significado del resto de su vida.

En su descubrimiento, sintiéndose reducido camina directo al cuarto de baño.

El chorro violento de agua cae en curvas sediciosas sobre el desnudo cuerpo de Pablo. Él es un joven delgado, desnutrido, apacible en la desdicha física que transmite aires de vicios corruptos. Su cabello quebrado empapado se tergiversa en petróleo cuando se humedece y pierde el volumen. El agua sigue cayendo bronca, resbala minuto a minuto por su cuerpo, el cual ha transformado la tonalidad blanca latina de Pablo a un rojo espanto. El agua casi hierve, pero a él, no le importa casi nada.

Cuando el agua atraviesa la estructura humana de su rostro, a Pablo le importa nada el llorar a bacanal, en el chorro se combinarán las lágrimas, y en el crimen de su pérdida no habrá más que mentiras piadosas.

Casi siempre ha estado solo, luchando contra el deseo de estar con otros. Siquiera hubiese tenido más tiempo para vivir, habría remediado su temor inconexo y ridículo a la compañía.

Al terminar la ducha, se dirige al escusado que siempre reposa con la tarima dispuesta al desarraigo. Con toda reserva de muerto en vida, Pablo orina pasivo, sosteniéndose de pie con descuido. El chorro delgado, dorado, salado, y hasta etéreo, desprende un aroma fétido que se neutraliza al combinarse con el agua del servicio. Pablo no sólo orina residuos de las pasadas albas psicodélicas, en el desecho liquido se van también las decidías. Ya no hay remedio, ya no quedan salidas.

Desde que ha sabido la verdad, ha traído un nudo en la garganta que sabe a tortura. Pablo sufre de bipolaridad y con esto es natural que se pierda en las tinieblas de su tormento.

Desnudo, mojado y anémico, está sentado frente al ventanal de su guarida. La vista exterior le muestra el edificio de justicia y la cúpula de una gran catedral. Ha alcanzado a ver una parvada de cuervos cruzar el atardecer, y ha creído entender el consejo de las ráfagas otoñales del desierto de su ciudad.

El ventanal tiene un balcón religioso, en él Pablo ha visto el despertar del sol, la somnolencia de la luna llena, y el apaciguamiento de las lluvias de arena.

En la templanza de ese balcón, hay una barandilla peligrosa con invitación de un salto amargo y vacío que conduce a la muerte por suicidio, y una mesilla de hierro en la que Pablo ha tomado de vez en cuando la merienda adictiva, donde permanece un pequeño celular con los números de dos únicos amigos, a los que ha perdido de vista hace ya casi cinco años, y la foto de Betina, una mujer que le ha dicho de lunes a jueves que lo ama tal como es. Hoy es viernes, Pablo duda del sábado. Hace unas horas lo han diagnosticado seropositivo en etapa terminal.

A Pablo le dan escalofríos porque se cuelan los vientos por la ventana. A Pablo le causa temor la idea de la muerte. Pablo nunca ha soportado saberse débil y abandonado. Pero hoy, incluso cala más el sentimiento de desesperanza y arrepentimiento. Sigue mirando al horizonte citadino que se ha hecho negro y borrascoso. El cerebro late y el corazón piensa atrocidades.

Esa noche, desnudo, húmedo y enfermo, permanecerá a la espera de una idea maravillosa. Porque la barandilla suicida sigue esperando frente a sus ojos, junto a Betina, a los dos amigos, y junto al incesante recuerdo de su niñez en que su hermanita le leyera la mano y le aseverara que él viviría demasiado poco.

Y sin embargo, las lágrimas han hecho rebelión en sus globos. Ellas caen, mientras Pablo enciende un cilindro de hierba, y camina rumbo a uno de esos tres destinos.


lunes, 16 de marzo de 2009

Artemisa



Artemisa se levantó dejando a Fauno en cama, él estaba profundamente dormido soñando murmullos e ideando flores negras que dispersaban demonios. Fauno era el joven más hermoso de entre todo Revolver, tenía los ojos marrones y sus cabellos eran rizos castaños oscuros todos, con alevosías de brillos desdeñosos que rezaban brillos y reflejos. Era un hombre alto y su cuerpo delgado como decisión irreflexiva tenía a su cruel amante retacada de embeleco hechicero. Cuánta la desnudez de Fauno relajada en la cama olorosa a coito consumado; todo su torso moreno incauto porque era todavía joven, sus hombros anchos, sus brazos tersos, sus codos oscuros, sus muñecas flageladas, sus manos delgadas y de entre todo el cuerpo las más desgastadas, resecas y brujas. Su pene cansado que ya había jugado dentro de Artemisa, prodigioso pero decaído, luminoso pero desdichado por mantenerse emperador entre todas las almas que había profanado. Era magno, causaba llanto, carcomía necesidades, alienaba crudos deseos, y consolaba por retahílas todo el cuerpo de Artemisa que se retorcía de placer cada que por mero gusto se entrometía en su abismo. Fauno de nalgas anchas, bien formadas y tan importantes como por delante el resucitador de jaurías pasionales. Largas y gruesas sus piernas, más claros que todo su cuerpo estaban sus pies. Su ombligo no se veía, pues las sabanas sólo ello cubrían. Ombligo tan pudoroso; en Revolver era pecado mostrarlo.
Artemisa no le besó la mejilla, el labio o la oreja antes de marcharse para tomar venganza, ella sólo pensaba en Plutón, quien una vez se entrometiera en su abismo con loable tiranía, demencial salvajismo e indecoroso despotismo; la había ultrajado una vez don Plutón; ya era tiempo, pensaba obsesivamente Artemisa, de castrarle los sesos. De una cosa estaba bien segura, le daría la cara a solas, y le diría cuánto lo despreciaba a solas, tomaría su pistola a solas, jalaría el gatillo a solas, y dispararía trece veces a solas, en su pierna izquierda, en su pierna derecha, en ambos pies, en su flácido sexo, en su brazo izquierdo, en su hombro derecho, en su boca, en su nariz, en sus dos ojos, en su frente, en una de sus orejas… sin detenerse. Luego regresaría a casa y entonces sí besaría la mejilla, el labio y la oreja de Fauno en la soledad de su perfidia, justificada por todo su sufrimiento.
Bajó por las escaleras de caracol hacía la planta baja; el departamento lujoso de muros, cortinas y muebles blancos era el resultado del dinero ganado en la renta de Fauno a las señoritas de Avignon, ellas que saciaron los pasillos detrás de sus labios vaginales con el pincel carnoso y ancho del serio servidor.
Artemisa no creía en los milagros ajenos, era egoísta porque decidía para su reflejo, que era ella misma, y no dejaba oportunidades para el mancebo. Por eso rentaba a Fauno, quien la amaba ciego muy insano; por eso traficaba injurias; por eso impedía al gran Dios inscribirla en su lista de devotos con membresía hacia el grupo de los no osados, ella no tenía dios ni diablo en su cementerio, era libre; por eso escupía en los rostros de quienes la discriminaban. El único milagro en el que creía era el amor reticulado, amaba a Fauno con toda la expresión de su destino, y se entregaría para siempre a él si acordaba misericordia luego de cumplir su único deseo: acabar con la vida de Plutón sin tener compasión. Artemisa no era una diosa y nunca haría un milagro, pero alcanzaría la insignia de héroe si libraba a sus pesares del demonio de su vida.
Plutón era el demonio del caucazo, no pertenecía a la orden de Revolver, pero una visa en acuarela le decía bienvenido. Tenía todo en cuidado, vivía protegido por mafias y autenticas brujas mulatas que le hacían de salvaguardias; engañaba al páramo de sepulturas, leyes y postrados, era casi emperador y lisonja si fingía herencia de Julio César encima de Cleopatra; rara vez desconfiaba de sus engaños, violaba, mataba o robaba a su antojo; pensaba aprisa y nunca dudaba en el acto. Pero aquel miserable Plutón iba a morir esa noche -porque era de noche cuando Artemisa en toga y mezclilla se dedujo a la puerta de la blanca mansión de este cabrón-. Por fin Artemisa, la virgen vengadora del 203 en la calle de Rimbaud, sosegaría sus pasiones desvalidas.
Antes había caminado, el día entero así había secuestrado. Todos los propósitos rencorosos de Artemisa deberían suceder con determinación. Por eso caminó hasta la mansión, planificando a paso lento su próxima redención. Se imaginaba ella como cruel asesina, quizá sería así porque hacía mucho ya lo soñaba, cuando en trece apenas maduraba, allí desde entonces luego de ultrajada no había soñado más que la debida venganza que depositaria el juicio con fallo sangrado en sus oportunas manos ya temblorosas, tan nerviosas, enfermas desde eso, si nunca se había ella recuperado. Hoy tenía diecinueve, y antes de cumplir los veinte maduraría la negrura de su pasado. Quería volver a respirar con calma.
Entonces dobló por la gran Avenida de la Destrucción, afanosa regó sonrisas a las flores malditas que crecían a lo largo de cada bifurcación, y algo ironista también les huyó, evitando contagio de indecorosa bajeza, como la que sufría don Plutón. De seguro alguna vez aquel demonio había sembrado begonias de ensoñación, esas que enfermaban a uno con locura, desmayos y fatídicas necesidades, o más bien represiones tendentes a la poca inteligencia. Es decir, enferman las flores de violencia demoníaca, de demencia virulenta, de delito del infierno que se proscribe a la fuerza en los cuerpos cualesquiera.
Artemisa sudaba cuando ya pronto se acercaba; no tenía que dar más de veinte zancadas grandes -muy a su costumbrismo- para alcanzar las moradas del buscón. Le venían apneas a la selenita, no iba a darse por vencida aunque así su cuerpo fuese contagiándose de miedo. Estaba resuelta, hasta ideaba la sepultura de su opresor en una caja de cartón, luego de haber dado su cuerpo a los perros andaluces que no cesarían de chillar por su genio surrealindo rococó.
Llamó a la puerta un par de veces; Proserpina la esposa de Plutón examinó con miedo a la jovencita con rostro delincuente, quizá sería una de esas estudiantes de la Academia para asesinos en serie Prometeo 22, a Plutón su marido mucho se le daba contratar facinerosos para rematar problemas de un disparo, estaba muy de moda no dejarse vencer por los inventos y las lujurias del poderoso resentimiento que infringía la serenidad del espíritu.
Pase, dijo la mujer de dientes faltos y cabellos endulzados en peroxido eleusino. Era la hora, era la hora, era la hora, la hora ya era.
Galopaba su corazón, Artemisa rezaba a su hombre Fauno le protegiese de cualquier desgracia o suntuosa cuita, el tiempo no dilataba más que errantes rapsodias antes de perder toda pureza arrebatadora de libertad, si alcanzaba el tiempo fantasearía soda estero pero no iría más allá. ¿Qué diablos estaba pensando? Cosas sin sentido le cambiaban la preocupación, y era tan grande ésta última por intuir que algo andaba mal, que ya mil locuras le sacaban el quicio.
Luego repuesta a solas en la sala de estar alfombrada en ixtle y cáñamo, se animó con la dulce venganza a no perderse más de la realidad. Si quería ser bellaca y agradar más a Fauno no era preciso desertar o acabar en la reclusión de santilla.
-¡Mi nena, mi damita, mi Lolita, mi Evita, mi Selenita, mi dulce braguita! –exclamó un anciano que aprisa bajaba por una escalera alfombrada de terciopelo borrascoso.
Era Plutón, un hombre ya vetusto, con aire de viejo verde, aroma de puro cubano, y ojos díscolos como los de cualquier violador mentecato que está bien enterado de serlo.
Así ella sacó su revolver 22 y con hazaña al hombre apuntó.
Artemisa le miró con ojo de aguja, y le susurró palabrotas fatalistas.
Pero de tanto en tanto, a su corazón latiendo y galopando le vino el colapso, y Artemisa creyó venirse hasta abajo. Le brotaron las lágrimas y le gimieron los senos. Hasta sus labios rojos se asfixiaron como locos, y sus verdes ojazos le dijeron que no cometiera parnaso:
«Que la vida es sueño y los dolores de la vida dolores son, que si matas a ese hombre no aquí cesara tu dolor, que una muerte son veinte mil fuegos, y un asesinato una eterna aflicción».
Pero Artemisa deseaba hacerlo por Fauno, por el amor que a sí misma se tenía, aunque de vez en cuando una especie de pasión maniatada al desprecio por su persona le doblegó hasta sacarla de su esencia femenina piadosa. En aquel momento sólo deseaba matar a Plutón.
Ennegrecida la mujercita endureció su brazo y rebotó el gatillo. Que disparaba dislocada, que se quedaba ciega mientras la sangre del viejo brotaba de su pecho. Que ella se impresionaba de verlo agonizando en su diáfano destino, y que al mismo tiempo la pobre vengadora no se fiaba de sí misma, de su propia bajeza y su atiborrado rencor desequilibrado. ¿De verdad todo había allí terminado?
-Mi malhechora, mi pena con alguna heridita de cuyo aroma no ceso de acordarme, mi Artemisa y mi nunca más. Yo con mi muerte no dejaré de estar satisfecho por el fruto de mis perversiones sembradas en tus… ¡ay…!
Los ojos del diablo estrafalario se cerraron de hito en deceso.
Y Artemisa huyó para con Fauno, ausentada de pensamiento y divorciada de su falsa piedad.
Lloró los días, y se alivió algunas noches bohemias después. Luego con el tiempo, de poca confianza creyó al criterio de su Freud, y de allí hasta su muerte para Fauno su instinto entregó. Ah, cómo dolió pecar por necesidad. Ah, como se sostuvo apenas satisfecha al justificarse sanada. Dijo ella que recobró los sueños sacrificando su divinidad miserable, o dijo más irritada que todo estaba relativamente ya qué.
Pues muchos años después, frente a la casa del fusilamiento plutoniano, la matadora de ensueño apenas y se atrevería a reconocer que allí casi nada de su dolor había terminado. Porque las venganzas a ciento un disparos de infelicidad, en un destino maldecido por los dioses en el cielo y en el infierno, tendrán siempre muchas oportunidades para repetirse sobre Revolver…


De momento

"A su hermano Blanquet no lo había vuelto a ver desde el accidente en la selva. Todavía soñaba con él, y con la cara de lobo de su padre. A veces, seguían corriendo los tres por la selva, con la respiración agitada, buscando un sendero diferente que desfigurase el rostro de su cruel destino. Pero siempre caía, y veía a su padre seguir la huida sin girarse siquiera una vez, o reparar en su ausencia. Al menos, siempre estaba Blanquet muriendo a su lado, desprovisto de realidad pura, tan sólo un recuerdo, y punto. Yaykobu soportaba las ganas por llorar por esos sueños malditos, o por Blanquet, a quien había traicionado en la huida, dejándolo morir a solas. Simplemente ya no podía hacerlo."

Off days: Los días del abandono
"Son dos hombres que se aman sin el límite de la gravedad: su libertad en los abismos más intensos de la pasión, los llevará, sin duda, a perderse en la levedad de sí mismos. Entonces, un día sin nada que ofrecerse a cambio, para aliviar sus vacíos alguno matará al otro. Porque su sudor y su hambruna de deseo, son pasiones desvalidas..."

Mercurio de las Voces y el Deseo